La urgencia de recuperar los oficios en la era de la Inteligencia Artificial ( editorial Punto Intermedio)

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En medio del avance vertiginoso de la inteligencia artificial, el debate público suele centrarse en aquello que se pierde: empleos automatizados, tareas reemplazadas, profesiones que se transforman o desaparecen. Sin embargo, hay una dimensión menos explorada, pero igual de crucial: la oportunidad —y la necesidad— de revalorizar los oficios.
La automatización no impacta de manera uniforme. Mientras ciertos trabajos administrativos, repetitivos o incluso creativos comienzan a ser absorbidos por algoritmos, existe un vasto universo de tareas manuales, técnicas y especializadas que continúan siendo profundamente humanas. Electricistas, plomeros, carpinteros, mecánicos, técnicos en refrigeración: oficios que no solo resisten el avance tecnológico, sino que se vuelven cada vez más indispensables en sociedades altamente digitalizadas.
En este contexto, la creación y fortalecimiento de escuelas de oficios no es una opción secundaria, sino una política estratégica. Durante décadas, el sistema educativo ha privilegiado la formación académica tradicional, muchas veces desconectada de las demandas reales del mercado laboral. El resultado es un desajuste evidente: jóvenes con títulos que no garantizan empleo y sectores productivos que no consiguen mano de obra calificada.

Fundamental en localidades como estas, formar profesiones como las nombradas anteriormente, ya que tienen una demanda importante.

Si bien, en Coronel Dorrego, el Centro de Formación Profesional ofrece algunas alternativas, a mi modesto entender, debería existir una formación de dichas profesiones en horarios nocturnos parq facilitar la concurrencia de quienes trabajan.
La inteligencia artificial, lejos de eliminar esta problemática, la profundiza. A medida que ciertos empleos desaparecen, crece la necesidad de reconvertir a la fuerza laboral hacia actividades que requieren habilidades prácticas, adaptabilidad y resolución de problemas en entornos reales. Aquí es donde las escuelas de oficios pueden desempeñar un papel transformador: ofrecer formación rápida, concreta y orientada al trabajo.
Pero no se trata solo de una cuestión económica. También hay un componente social y cultural. Revalorizar los oficios implica dignificar el trabajo manual, romper con prejuicios arraigados y ofrecer alternativas reales de desarrollo personal. No todos los talentos se expresan en un aula universitaria, y reconocer esa diversidad es clave para construir sociedades más justas e inclusivas.
Además, en un mundo donde la tecnología avanza a un ritmo acelerado, los oficios también evolucionan. La formación técnica moderna no está reñida con la innovación; por el contrario, puede integrarla. Un electricista hoy necesita comprender sistemas inteligentes, un mecánico trabaja con diagnósticos computarizados, y un técnico en construcción incorpora herramientas digitales. Las escuelas de oficios del siglo XXI deben ser espacios donde tradición y tecnología convivan.
Frente a este escenario, la pregunta no es si debemos invertir en este tipo de educación, sino cuánto estamos dispuestos a priorizarla. La inteligencia artificial seguirá avanzando, pero la sociedad tiene la responsabilidad de anticiparse a sus efectos. Crear escuelas de oficios no es mirar hacia el pasado, sino prepararse para un futuro más equilibrado, donde la tecnología complemente al ser humano en lugar de desplazarlo.
En definitiva, apostar por los oficios es apostar por el trabajo, la dignidad y la resiliencia. Y en tiempos de cambio, eso no es menor: es imprescindible.

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